Deben ser bienvenidas las propuestas en defensa de la máxima forma de expresión sonora, en clara situación de desventaja frente a las variantes de consumo, que gozan de muchas más facilidades de difusión. No hay necesidad alguna de exclusión, porque todo tiene su momento y su lugar, pero conviene mantener viva la llama de la gran música, por su valor intrínseco y efecto benefactor. Se precisa actuar, esencialmente mediante actividades de educación, acercamiento y divulgación.
Preservar viva la música culta requiere el esfuerzo de quienes la aman y, desde luego, de los organismos e instituciones implicados. Es de lamentar la que se ha perdido por desidia o por olvido; más todavía la que ni siquiera ha nacido porque, desgraciadamente, nunca ha llegado a estrenarse. ¡Cuántas dificultades encuentran las nuevas composiciones para salir a la luz! Fruto de un inmovilismo inexplicable que conlleva la reiteración de un manido repertorio; preservar la música no significa detener su curso evolutivo, sino todo lo contrario. Y pensar que múltiples bazofias se difunden por doquier, puestos a su servicio los mayores avances tecnológicos…
Habremos de mantener un deseable optimismo que nos dé en afirmar que siempre existirá la gran música, porque siempre habrá intérpretes que le den vida y sensibles receptores del arte supremo. Aunque sólo supongan una loca minoría.
